5 DE OCTUBRE, 2026

Empaque y desperdicio de alimentos: una relación que merece una mirada integral

Cada septiembre, el Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos nos invita a reflexionar sobre todo lo que también se pierde cuando un alimento no llega a consumirse: agua, energía, suelo, transporte, refrigeración y trabajo.

En esa conversación hay un elemento que suele pasar desapercibido: el empaque que permite que ese alimento llegue en condiciones adecuadas hasta el consumidor.

Un estudio publicado en mayo de 2025 por Daniel A. Sumner, profesor del Departamento de Economía Agrícola y de Recursos de la Universidad de California, Davis, analizó esta relación a partir de las posibles consecuencias de aplicar las disposiciones de la ley SB 54 de California a empaques plásticos utilizados para carnes, aves, pescados y mariscos frescos. El informe fue apoyado por la Coalition for Protein Packaging, un dato importante para contextualizar sus conclusiones. 

Menos material no siempre significa menos impacto

La SB 54 plantea, entre otras metas, reducir el uso de plástico en los empaques cubiertos por la regulación y aumentar su reciclabilidad y recuperación. Frente a esto surge una pregunta relevante: ¿hasta dónde puede reducirse o modificarse un empaque sin afectar aquello que debe proteger?

Un empaque para alimentos hace mucho más que contener un producto. Debe responder a distintas exigencias a lo largo de la cadena:

  • Soportar llenado, sellado, transporte, almacenamiento, apilamiento y manipulación.
  • Proteger frente a contaminación, daños y deterioro.
  • Ayudar a conservar la frescura y la vida útil.
  • Facilitar una distribución segura hasta llegar al consumidor. 

Cuando se trata de productos frescos y altamente perecederos, perder alguna de estas prestaciones genera impactos mayores que los asociados al propio material del empaque.

¿Cuánto alimento está en juego?

El estudio estima que en California las pérdidas y el desperdicio de carnes, aves, pescados y mariscos frescos alcanzan aproximadamente 711 millones de libras, valoradas en unos US$3.300 millones. Cerca del 17 % de esas pérdidas ocurre en el comercio minorista y el 83 % en los hogares. 

A partir de esa base, la investigación modeló diferentes escenarios. En uno de ellos, un incremento del 20 % en la pérdida y desperdicio de proteínas frescas representaría 142 millones de libras adicionales de alimentos desperdiciados y un costo estimado de US$726 millones al año. El informe también calcula impactos de US$545 millones para un aumento del 15 % y US$908 millones para uno del 25 %. Son proyecciones del estudio, no efectos ya observados de la regulación. 

La reflexión es clara: el material que se busca reducir no puede analizarse sin considerar también el alimento que ese material protege.

Proteger también es conservar

La vida útil es una variable fundamental. El informe cita investigaciones europeas según las cuales reducirla en un 50 % podría incrementar el desperdicio de alimentos en un 60 %. También señala que atributos como la posibilidad de volver a cerrar un empaque, contar con tamaños adecuados, proteger el producto y prolongar su conservación son relevantes para los consumidores. 

Esto ayuda a entender por qué desarrollar un empaque no consiste simplemente en utilizar determinada cantidad de material. El desafío está en encontrar la estructura y el desempeño necesarios para que el producto conserve sus características durante toda su cadena de distribución.

El impacto del alimento también cuenta

El estudio introduce otro dato relevante: para algunos alimentos, el impacto ambiental de producir lo que contienen puede ser mucho mayor que el del propio empaque.

En el caso de la carne bovina, recoge estimaciones según las cuales las emisiones asociadas a su producción pueden ser 300 veces o más que las relacionadas con su empaque. Por eso, evaluaciones de ciclo de vida citadas en el documento recomiendan que, en productos de alto impacto ambiental, el diseño del empaque priorice también la prevención del desperdicio. 

A esto se suma la inocuidad. En proteínas frescas, el empaque ayuda a evitar contaminación y exposición a condiciones que pueden favorecer el deterioro. En uno de los escenarios modelados, el estudio estima que un aumento del 10 % en enfermedades transmitidas por alimentos podría representar US$238 millones adicionales al año en costos para los consumidores de California.

El reto que también asumimos desde Grupo Plastilene

En el Grupo Plastilene, esta conversación hace parte de un desafío que conocemos de cerca: desarrollar soluciones de empaque que respondan a las necesidades de protección y conservación de los productos, mientras avanzamos hacia alternativas cada vez más eficientes en el uso de materiales y alineadas con los principios de circularidad.

Esto implica entender que la sostenibilidad de un empaque no depende únicamente de cuánto material utiliza. También importa cómo se comporta durante el llenado, almacenamiento, transporte y manipulación, cuánto protege el producto y qué ocurre con ese material después de cumplir su función.

Por eso, innovación y sostenibilidad deben avanzar juntas: optimizar estructuras, incorporar nuevas alternativas y reducir materiales cuando sea posible, sin perder de vista la función esencial para la que fue diseñado el empaque.

Diseñar mejor, no simplemente usar más o menos

La discusión, entonces, no debería reducirse a escoger entre “más” o “menos” empaque.

El verdadero reto está en diseñar mejor: avanzar en reducción de materiales, reciclabilidad y circularidad sin comprometer propiedades esenciales como resistencia, barrera, sellado, inocuidad o conservación.

En el Grupo Plastilene creemos que mirar el empaque de manera integral es fundamental. Porque si una solución utiliza menos recursos, pero no logra proteger adecuadamente aquello que contiene, el impacto no necesariamente desaparece: puede trasladarse a otro punto de la cadena.

En el Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos, esta es una conversación que vale la pena ampliar: proteger los alimentos también es parte del desafío de usar mejor nuestros recursos.